Fui un día al aeropuerto de la capital a llevar a mis padres que viajaban a una importante reunión... y mientras les checaban el equipaje y tenían los procesos de rutina, yo me senté en una silla y vi a una pareja despidiéndose, ella tenía una rosa roja que muy probablemente se la había dado el hombre con el cual compartía de muy cerca sus labios y sus lágrimas que se mezclaban al punto de que llegaban al suelo como una sola gota.
Ellos se estaban despidiendo; sus rumbos, sus planes, sus metas... ¿yo qué sé? Algo los había separado y no había sido posible que su amor fuera más fuerte que eso. Una despedida no porque quisieran, no porque Ella lo había encontrado en los brazos de su mejor amiga, no porque El había dejado de sonreir con el mensaje matutino, o al ver que era ella quien hacía sonar su Blackberry para tener por gran tiempo de la tarde llamadas de 5 minutos.
No habían llegado a eso aún.
Pasaba que pasaba lo que tenía que pasar, lo inevitable. Por muy perfecto que fuera lo que tenían, no eran el uno para el otro. Había/hay algo muy grande que aunque Él se mudara a donde ella se fuera el destino se iba a tornar grosero e iba a tener que separarlos bruscamente.
Mejor así... hay que aceptarlo.
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